No es nuestra pretensión abarcar, en un solo ensayo corto, el significado y alcance de lo que implica este título: el mal común. Como todo trabajo de investigación que se hace público, es necesario abordar el contenido que se transmite de una forma que quien lo lea, pueda recoger la esencia de lo que se quiere transmitir. Siendo un tema complejo, tendrá que ser por capítulos o entregas, en función del interés, necesidad y demandas que pueda despertar. En este primer documento, sólo pretendemos señalar aquellos aspectos que entendemos como nucleares para su conocimiento y reconocimiento, paso imprescindible para tratar de hacer algo de utilidad cuando nos damos cuenta de que tenemos un problema. Y en este caso, desde nuestro punto de vista el problema es grave, endémico y tan extendido que por cotidiano, nadie parece prestarle la adecuada atención. La necesidad de aproximarnos a este tema que entendemos como delicado aunque crucial, viene dada por el momento histórico en el que vivimos, en el que la conciencia de lo común y lo próximo están en un nivel históricamente nuevo, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información.

 Desde hace unos pocos años, cualquier cosa que ocurra en cualquier lugar del mundo, puede ser conocida públicamente. Si no lo es en tiempo real, se puede recoger y compartir en poco tiempo, salvo que las censuras o intereses contrarios a la transparencia lo impidan. Y esto nos va aproximando a una conciencia de lo humano nueva, al menos en cuanto a la cantidad y variedad de los emisores y receptores de toda esta información. Precisamente este nivel de información y conocimiento del que disponemos, permite unir deseos, voluntades, proyectos y acciones que están posibilitando la búsqueda del sendero hacia el bien común. Y todo parece indicar que no queremos renunciar a encontrarlo, que lo busquemos y anhelemos, que leamos y nos preguntemos sobre él, que los que podemos pensar y hablar sobre ello (porque nuestros privilegios nos lo permiten aún) lo hagamos y por necesidad queramos contribuir a su existencia, implica que no está.  No lo podemos echar de menos, porque apenas hay rastros de su infinitesimal existencia y nuestra generación aún no lo ha podido encarnar.

 Pero no debemos olvidar lo que ha costado llegar hasta aquí. Ni el coste en indignidad, dolor e incomprensión humana que está suponiendo desarrollar este proceso, a partir de todas las voces y silencios que en conjunto vivieron y viven con este mismo anhelo. En este sentido, las nuevas tecnologías si no se utilizan de una forma responsable, pueden facilitar que miremos desde el presente hacia el futuro con rapidez, pero sin la perspectiva que da la historia y el recuerdo, y aquí la fractura digital puede ser un obstáculo.

Para que una biografía individual se desarrolle y madure correctamente, es imprescindible la memoria. Nada podríamos hacer si cada día tuviéramos que aprender de nuevo todo lo que hacemos, incluso de niños. Para desarrollarnos y madurar socialmente, colectivamente, es notoriamente imprescindible unir al presente nuestro pasado, para que sea posible organizar el futuro consecuentemente. Y no sería un buen recurso el olvido del pasado “para poder avanzar”.

 Debemos recuperar los testimonios de lo pasado en lo significativo, para hacernos cargo de lo que parece que se quiere despreciar: aquello que nos han hecho ocultar y vivir en nuestro interior, en soledad, para no estorbar el supuesto progreso que nos ofrecieron, que ha llevado a que vivamos la situación global como está.

El bien común no es algo natural ni se da espontáneamente en las relaciones entre seres humanos de forma simple y cotidiana. Sin ser un imposible, ni es una meta a alcanzar, ni un edificio a construir. Realizar el bien común exige conciencia y compromiso individuales, para con uno mismo y hacia los demás, pero no por una cuestión ideológica o partidista. De la misma manera, cuando aprendemos a andar o a hacer cualquier cosa necesaria, debemos poner conciencia en lo que hacemos – y caernos, dañarnos y levantarnos para seguir aprendiendo a andar- sencillamente porque sólo desde la experiencia previa (en este caso el gateo) es imposible andar erguidos, con firmeza y ritmo.

 Hay que vivir la experiencia para, poco a poco, dominar y asumir una nueva habilidad. El bien común se deberá a la suma de cada bien propio conquistado, actuado hacia los demás. Porque el bien es acción, es voluntad en palabras y hechos. No es producto sino servicio. Y no puede ser realizado y mucho menos sostenido sin conciencia. No puede ser exigido a los demás, ni impuesto por unas leyes comunes. No es algo que se estudia, se aprende, se aprueba un examen y ya se tiene, como un título o un reconocimiento. Y además se tiene que descubrir y desarrollar a partir del esfuerzo propio, con ayuda de los demás. Sobre la base del bien individualizado, se puede edificar un bien colectivo. Y este objetivo que nos reclama no será meramente una suma de individuos aunados sino la potenciación de la humanidad común. Siendo auténtico, será un hecho cultural, puesto que podrá escribirse y explicarse sobre ello un relato histórico: la cultura del bien común, que está por realizar.

 ¿Es el bien común contrario al bien propio, individual? No puede serlo de ninguna manera, puesto que como hemos señalado, sólo puede ser común si intervienen todos y cada uno de los implicados en su desarrollo. Si entendemos el bien común como aquel dinamismo que supera egoísmos, para que cada cual pueda desarrollar lo que su individualidad pueda aportar a lo social –estando sus necesidades básicas cubiertas para vivir en dignidad (conquista básica a realizar)- entendemos que lo que es bueno para cada uno, en lo fundamental, debe serlo para su comunidad. Y por ende, con el tiempo y una (conquistada también) extrema flexibilidad, para toda la humanidad. No podemos avanzar en la búsqueda del bien común si no compartimos y hacemos propio el significado del bien y de lo común.

 Hay mucho trabajo – y no sólo semántico – para construir un vocabulario adecuado a la verdad, después de tantas mentiras vertidas, tantas promesas incumplidas, tanta inocencia corrompida y tanto dolor padecido, por querer creer lo que resulta que no es verdad. Y este habitual faltar a la verdad ha hecho mucho daño. En este tejido nuevo que queremos crear, la metodología a adquirir y a seguir, implica grandes dosis de confianza. Confianza en lo que hacemos y también en nuestro potencial, así como en los demás. Porque para que se pueda impulsar una dinámica que genere el bien común, cada uno ha de colocarse en la posición que resulte más efectiva para ser útil en lo social, que le incluye. Cada cual debería hacer lo posible para que su labor sea útil para los demás, en las áreas necesarias, en función de su cualidad y aptitudes individuales. De hacerlo suficientemente bien, nada faltará y todos podrán expresar su creatividad y recursos y experimentar las de los demás. Esto podría ser un mapa a gran escala para localizar una ruta que conduce al bien común.

 Pero también hay que hacer mediciones con los pies en el suelo. Quienes describen estos deseos e ideales positivos, suelen ser tildados de idealistas, poco prácticos y poco realistas. Para tratar de plasmar un ideal en la vida cotidiana, hay que conocerlo, explorarlo, al menos individualmente y también en grupos que así lo deseen. Precisamente en la investigación, debate y prácticas conjuntas es donde se descubren las dificultades para hacer realidad una dinámica deseada históricamente y de muy difícil consecución. Conocer los problemas y trabas en cualquier camino que emprendemos nos posibilita la función de realidad, ineludible para realizar cualquier cosa sensata en este mundo. Y en la práctica, así como en los periódicos, en los libros y documentos de historia, lo que se hace evidente es la existencia –tozudamente presente- de lo que podríamos llamar “el mal común”.

 Por un lado, ha quedado demostrado y denunciado que, aquello que ha dañado y daña a muchos, es generado por unos pocos y transmitido y ejecutado por algunos más, que son cómplices y gestores de cada situación que degrada y produce sufrimiento a muchos. Una revisión adecuada de cada suceso que ha afectado negativamente a la mayoría, da cuenta de hilos que tejen la trama que vivimos hoy en día. Cambian los actores y los escenarios, pero la función es la misma. Cada vez que han ocurrido enfrentamientos, gane quien gane, perdemos todos.

 Lo menos malo que puede haber ocurrido, es una temporal relajación en los espacios de expresión, experiencia y convivencia. Y por suerte, a veces en algunos sitios, ha ganado el mal menor. Pero mucho, sino todo ese dolor, se podría haber evitado si esos gestores y cómplices hubieran topado con la conciencia que debe sustentar el bien común. No la conciencia grupal de las masas, sino la de cada individuo, una vez la ha conquistado dentro de sí, con su propio esfuerzo y ayudado por sus semejantes en los aspectos que lo hayan requerido, para alcanzar la verdadera templanza, en sociedad. A los que por edad o madurez ya no nos asusta mirar en nuestro interior, nos es factible comprender –al menos en parte- la tremenda dificultad que supone nuestra aventura.

Ya no nos es suficiente con señalar culpables públicos, ni desenmascarar tramas de lobbies. Muchos han trabajado y padecido para hacerlo y eso les honra y nos coloca en deuda con ellos. Aunque nos está costando tomar nota de que aquellos que nos gobiernan (y han gobernado), aun siendo portavoces de lo que son nuestros ideales y llenándose la boca con aquello que queremos oír, no están en los lugares que están, para mejorar realmente las posibilidades y disminuir las precariedades de las sociedades que gobiernan. Su voluntad de servicio ha quedado evidenciada de qué lado está y a quién deben sus privilegios. Y no es a la humanidad común.

 Hay un momento en que la humanidad ha de decirse: “basta ya de que nos traten como ganado”. Y para que eso ocurra de verdad, no debemos ni serlo, ni parecerlo. Precisamente, la ausencia de esa conciencia individualizada (que para irla consiguiendo es necesario escogerlo y superar muchas luchas internas) a la que hacíamos referencia, es la que ha posibilitado y facilita la presencia y existencia del mal común. El mal común es aquel que existe en todos y cada uno de nosotros, como “equipamiento de serie”, aunque para nuestra fortuna no sea nuestro único equipamiento. Es el ropaje con el que se viste el ego, mal necesario para forjar nuestra auténtica individualidad, que es social y por tanto, precisa de los demás para su desarrollo y maduración. Y este mal nuestro se nutre, aunque no exclusivamente, de los prejuicios que en todos están y que cada espacio geográfico modula en función de su historia, religiones y evolución social y política.

 Por supuesto estas afirmaciones pueden ser socialmente mal vistas, poco gratas y negadas casi antes de nombrarlas. Pero no por ello desaparecen. Y sus rastros pueden seguirse a lo largo de la historia hasta ahora mismo. Desde los llamados delitos de género, hasta nuestra guerra civil, por nombrar ejemplos cercanos, hay tantos sucesos apoyados en el mal común que nuestra vergüenza no lo podría soportar. No es necesario ir más lejos ni más atrás porque, si queremos, como muestra ya nos sirve. Este mal nuestro encuentra espacios y situaciones para exhibirse por doquier y suele arrancar de nosotros, de nuestros rostros, de nuestras voces y nuestros gestos, inmensas cantidades de odio, desprecio, reproches y separación. Intensas emociones generadas desde el dolor y el miedo, que generan miedo y dolor y las mismas emociones reflejadas. Comunes, al fin y al cabo. Sólo es necesario muchas veces un color, distinto al “nuestro”; en la piel, en la bandera o en la camiseta. Sólo hace falta que una distinción agrupe a unos cuantos (o muchos) y se formen bandos o bandas. Desde el deporte hasta las guerras, existe un “nosotros” y un “ellos” y a partir de esta diferenciación, puede llegar el “todo vale”.

Y esto ha pasado y pasa en todo el mundo, sobre todo en el “civilizado”. Incluso en las comunidades de vecinos, ó dentro de cada casa. Y si la inmensa mayoría de las personas, podemos hacernos eco y responder desde este mal, entonces es algo común, de todos por igual, aunque cambie la forma de expresarse, el grado o el alcance, forma parte de nuestra humanidad. Y no va a dejar de condicionarnos por el mero hecho de nombrarlo, aunque sea un primer paso. Se siente cómodo y justificado en nuestro interior, porque le permitimos muchas veces confundirse con nuestras sanas defensas, las cuales sí tendrían justificada existencia para reaccionar adecuadamente ante un objetivo intento de dañarnos.

Pero no es invencible. Si por ejemplo alguien está en una situación enfrentado a otro y, en el momento de sentir la fuerza de la animadversión y necesitar volcarla contra el otro consigue detenerse, ya está empezando a controlar dicha emoción. El siguiente paso en la dirección positiva (en esta propuesta de maduración) sería preguntarse si lo que podría hacer o decir es objetivamente bueno, constructivo, conciliador ó como mínimo permite el diálogo.

Plantearse si, viéndose desde fuera, podría calificarse de estético, conducente a acoger y comprender. Si la respuesta es no, surja de quien surja, el acto no sería bueno. La simpleza de este planteamiento no debe eludir los matices y excepciones en algo tan importante; sólo quiere señalar un camino, una dirección reflexiva. Este aprendizaje es básicamente ético y mientras no penetre dentro de nuestro ser y elijamos individualmente que sea nuestro esqueleto simbólico, aquello que nos mantiene en resonancia con lo deseable para el género humano, responderemos en alguna medida a los estímulos de ruptura y diferenciación nociva, separación egoísta en la que se fundamenta el mal común.

 La naturaleza nos posibilita tener unos organismos con forma humana, que transitan por la vida en la búsqueda y necesidad de la salud y el bienestar propios. Nuestra es la labor en libertad, de construir sobre nosotros (cada uno sobre sí, si así lo elige) un organismo ético que busque la salud social y que incluya a uno mismo y a los demás.